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Como quien descorre las cortinas de buena mañana tras una larga noche de insomnio y preocupaciones y descubre que a la luz del Sol los monstruos son menos terribles y lo que nos atormentaba, sólo una sombra que se diluye. Así es The Golden Age. Un disco que no da carpetazo definitivo a la proverbial melancolía de un Mark Eitzel a quien el diario The Guardian un día proclamó el mejor letrista todavía vivo de América, pero sí muestra una luminosidad que en muy raras ocasiones habíamos tenido oportunidad de relacionar con la música de American Music Club. Y es que Eitzel siempre ha sido una pluma más certera para los pesares y las turbulencias del alma que para las alegrías. Más dado al claroscuro que a la sonrisa beatífica. Una literatura de corazones rotos y adioses entre lenguas que a lo largo de la carrera de American Music Club ha dejado algunas de las piezas más dignas de elogio que ha legado el rock independiente norteamericano en las últimas décadas. Love Song for Patriots, el álbum publicado en 2004 por Cooking Vinyl con el que American Music Club dejaba atrás diez largos años de silencio que Eitzel empleó en su propia carrera en solitario, retomaba, aunque con lógicas variaciones, el tono agridulce que le es tan propio al grupo. Una pátina de melancolía que ahora en The Golden Age se ha hecho más fina. Quizás incluso quebradiza. Y es posible que no sea del todo ajeno a este hecho los cambios sufridos en la alineación titular de American Music Club, especialmente centrados en la sección rítmica, renovada por completo en beneficio del bajista Sean Hoffman y el batería Steve Didelot, ambos procedentes de combo folk-pop The Larks. Como tampoco lo es la presencia en tareas de productor de Dave Trumfio, todo un especialista en la alquimia del folk pastoral que cuenta en su haber con trabajos para Wilco (suya es la producción del grandioso Summerteeth), Grandaddy o My Morning Jacket. Unos cambios que Eitzel, timonel absoluto de los destinos de American Music Club, parece haber aprovechado para desviar su mirada de ese final oscuro del callejón que durante años le ha obsesionado para vestirse con los ropajes de un moderno Nick Drake y recurrir a coros de iglesia, trompetas mariachi y retazos del mejor folk-pop setentero para construir una de las obras más sólidas y carente de fisuras de su larga carrera.
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